Bienvenidos a mi blog, aquí van a encontrar historias inspiradas en libros como Twilight y Harry Potter, además de otros relatos recién salidos de mi retorcida imaginación... Así que espero que los disfruten y no se pierdan las actualizaciones.


Cap. 31: La Batalla

miércoles, 2 de marzo de 2011


Es increíble observar lo irónica y contradictoria que es la vida, ella siempre está en constante movimiento y lo que menos crees posible, es lo que será. Nunca creí en cuentos de caminos, en demonios, brujas o apariciones; en realidad, mi sistema de creencias era muy limitado, confiaba en Dios, creía en el…solo en él. ¿Acaso existe algo peor que el instituto y toda esa gente hueca y pretensiosa? Le pregunté hace mucho tiempo a Emma mientras veíamos una película de criaturas del infierno y esas “necedades”. Ahora heme aquí, en medio de una guerra entre dos mundos opuestos… el trofeo: Yo, mi vida, mi esencia. “Por favor, quédate acá… es el único lugar donde puedes estar a salvo”; esas fueron las palabras que me mantenían atada a esa caverna, mientras que mi familia, y el ser que más amaba se debatían entre a vida y la muerte para salvarme.
¿Podría quedarme acá de brazos cruzados? ¿Podría dejar que se derramase sangre inocente, solo por proteger mi pellejo? ¿Podría permitir que el amor de mi vida se aleje de mí para siempre, por mi culpa?... la respuesta a cada una de aquellas preguntas era simple: ¡NO!
Me senté con la espalda presionando contra la fría piedra justo al lado de la zanja que daba salida de la cueva. La luz roja y mortecina me daba la idea de un mal presagio, Intenté afinar mi oído para poder percatarme del inicio de la batalla. A los pocos minutos Sussane volvió a entrar.
-          ¿Cómo estás?- preguntó con su dulce tono de voz.

-          Preocupada, bastante. No quiero que nadie muera por mí.- dije con toda la sinceridad que pude.- No quiero que arriesguen sus vidas por mí.

-          Chelsea, tranquila. Confía en ellos, confía en Alexander y tus padres. Nosotros llevamos siglos entrenándonos y este es el momento de demostrar todo lo que hemos aprendido. Sin embargo, lo menos que necesitamos es que tú te preocupes.
Asentí.
-          Te mantendré informada. La batalla no comenzará hasta dentro de unas horas, así que deberías descansar.
Descansar. Tenía muchísimas horas sin dormir, así que asentí. Quería reponer fuerzas.
-          ¿Prometes que me mantendrás informada?
Ella asintió y me sonrió.
-          Está bien, descansaré. No será el lugar más cómodo del mundo pero intentaré dormir un rato.
-          Perfecto.- dijo ella colocándose una capa igual a la que yo traía puesta.- Es una capa especial, ayuda a escondernos a simple vista.
Suponía que había visto mi expresión, así que reí apenada. Ella salió de la cueva dejándola sumida de nuevo en aquel silencio mortífero.
No tardé mucho en quedarme profundamente dormida, sumida en un sueño violento y terrorífico dónde mis peores temores acerca de la batalla se veían reflejados. Quería despertar pero no podía. El rostro de Alexander cubierto de sangre, el cuerpo de mi padre tendido en el suelo, su mirada fija, las lágrimas de mi madre rodando por su rostro. Finalmente me desperté con la respiración agitada y cubierta de sudor. No me moví, no quise hacer ningún ruido. De pronto escuché voces afuera.
-          Ya ha comenzado.- susurró Adrián.- hace unos quince minutos. Brontë está ahí y son muchísimos Sussane, los trasgos nos doblan en número.
-          No creo que eso importe Adrián, podremos con ellos.
-          ¿Y ella? ¿Cómo está?- supe que hablaban de mí.
-          Se quedó dormida hace unas horas, está preocupada al igual que todos nosotros, pero está bien.
-          Sussy, también tienen a otra chica.- ¡EMMA! Grité para mis adentros - La pobre niña está muy malherida, la tienen atada a un lado del campo.
¡NO!... No puede ser. La palabra “Malherida” rebotaba en mi cabeza. Emma estaba viva, aunque no sabía por cuánto tiempo. Debía ayudarla, no podía abandonarla, no de nuevo. Necesitaba un plan, sabía que no podría abandonar la cueva con Adrián y Sussane cuidándome y de seguro no había otra salida.
Me levanté del suelo con mucho cuidado de no hacer ningún ruido y comencé a palpar la pared con mis manos, rodeando todo aquel espacio sin frutos. De pronto escuché unos pasos que se acercaban a la zanja, así que me apresuré a lanzarme al suelo y fingir que estaba dormida.
-          Sussane, ¡espera!- susurró Adrián.- Alejandro me dijo que será mejor si no le decimos nada a Chelsea acerca de la chica. Al parecer es su amiga y Brontë la secuestró pensando que era ella.
Sussane debió asentir, y entró a la cueva. Yo me encontraba tumbada sobre mi costado derecho de espalda a la entrada, así que pude ver cómo se proyectaba la sombra de Sussane sobre el suelo. Sentí cómo me miraba y luego volvió a abandonar la cueva.
-          Sigue dormida, la pobre debe estar muy cansada.
-          Bueno, estar en medio de una lucha entre dos mundos no debe ser muy rutinario en la vida de un adolescente, ni siquiera en este siglo. La pobre está bajo mucho estrés.
-          Creo que debo ir, cuándo se despierte infórmala. Dile cualquier cosa, eso la mantendrá un poco más tranquila.
Bien, ahora cambiarían de turno, Sussane iría a la batalla y Adrián se quedaría cuidando la entrada de la cueva. Comencé a idear mi plan para escapar, necesitaba ser muy discreta, no podía darme el lujo de ser descubierta, sino la vida de Emma correría aún más peligro. Me senté estirándome, el piso de piedra no era un lugar muy cómodo para dormir.
Moví mis dedos nerviosa, tamborileando sobre mis rodillas. Necesitaba un modo de salir de aquella cueva, llegar hasta donde se encontraba Emma y volver. No podía pedirle ayuda a Adrián, a pesar de que él quería que yo estuviese en plena batalla tenía órdenes de los superiores de mantenerme recluida dentro de aquella cueva por mi propia seguridad, así que estaba completamente sola en esto. Hice un poco de ruido para que Adrián se enterase de que estaba despierta. Rápidamente se asomó dentro de la cueva y sonrió, le devolví el gesto intentando parecer un poco adormilada.
Entró rápidamente y se sentó junto a la zanja.
-          Te tengo noticias Chelse.- dijo rápidamente. Alcé mis cejas pareciendo ansiosa.
-          La batalla comenzó hacer ya cerca de una hora. Son muchos trasgos, sin embargo estoy convencido de que nosotros podremos con ellos, así que no te preocupes.
-          ¿Alexander y mis padres?
-          Ellos están bien, yo estaba con ellos hace unos minutos hasta que vine a hacer el cambio de turno con Sussane.- Respiré aliviada, mis padres estaban bien y nada parecía dar señales de que su situación hubiese cambiado en los últimos minutos.
Charle un rato más con Adrián, en realidad era muy simpático. Había sido uno de los amigos de mi padre y Alexander y me contaba algunas anécdotas de muchísimos siglos atrás.
-          Qué extraño. Sussane aún no vuelve.- Dijo después de un rato.
-          ¿Cada cuanto tiempo deben cambiar de turno?
-          Acordamos que sería cada hora.- Adrián sacó un pequeño reloj de arena del bolsillo  de su capa. Estaba completamente vacío y la preocupación se posó en su rostro como una máscara.- Bien, démosle quince minutos más. Uno pierde la noción del tiempo allá abajo.
Asentí y sonreí. Él intentaba disimular su preocupación y yo intentaba ayudarle. Le dio un par de golpecitos al reloj y lo giró, de pronto una arena fina y dorada comenzó a caer desde un lado al otro del reloj.
-        ¡Wow!- dije impresionada. Y Adrián rió.
-        A que es genial…
Asentí riendo y él se limitó a sonreír y colocar el reloj en el suelo y mirarlo nervioso. Sabía qué estaba pensando, porque era lo mismo que yo temía desde que llegamos a ese sitio, tenía razón, podía haber perdido la noción del tiempo, pero también podía estar herida o incluso…
-          Chelsea, quédate aquí por favor.- dijo Adrián.
-          ¿A dónde vas?- pregunté levantándome de un salto.
-          Voy a bajar, puede que me necesiten. A penas encuentre a Sussane la enviaré.
Asentí y él colocó sus manos sobre mis hombros.
-          Por favor, no hagas ninguna tontería. Muchos allá están luchando por ti, no hagas que todo esto sea en vano poniéndote en peligro. No hay nada que puedas hacer tu allí afuera.
-          Tranquilo Adrián, estaré bien.
Él asintió y salió decidido. Sus últimas palabras retumbaron en mi cabeza “No hay nada que puedas hacer tu allí afuera.” Sí, si hay algo que puedo hacer y que ninguno de ustedes se preocupa en hacer… Voy a salvar a mi amiga.
Esperé unos minutos y salí, Adrián debía estar bastante lejos, sin embargo caminé con cuidado y manteniéndome agachada entre los árboles espinosos. A mitad de camino tomé un desvío, quería llegar al campo de batalla tan oculta y cerca de Emma como me fuese posible. Poco a poco los sonidos de lucha se dejaban oír, el chinchineo de las espadas al chocar, gritos, las flechas zumbando por el aire. Bordeé el sitio buscando con la vista a mi amiga y atenta a algún movimiento entre los árboles.
Luego de algunos minutos más de sigilosa caminata pude verla, no fue grato, aquella vista me dolía en el corazón. Emma estaba llena de moretones, cortadas y magulladuras, estaba colgada por las muñecas de una especie de gancho atado a un tronco de madera, estaba amordazada y había surcos de lágrimas en su cara llena de tierra y sangre seca.
Poco a poco me acerqué a ella, estaba a unos cien metros de donde me encontraba, los trasgos que la vigilaban se mantenían a varios pies de distancia, bastante hipnotizados por la batalla, me acerqué sigilosamente por detrás de ellos, sin embargo necesitaba algo con qué corta las sogas que amarraban a mi amiga.
Giré buscando algo, hasta que por fin vi una flecha que se había clavado en un árbol a pocos metros de distancia, corrí hacia allí con cuidado de no hacer ruido y forcejeé hasta sacarla, su punta era de metal y estaba bastante afilada, me acerqué a Emma por su espalda y puse mi mano en su pierna, ella se agitó y mi corazón comenzó a bombear más rápido.
-          Emma, tranquila… Soy yo, Chelse.- dijo tan bajo que pensé que tal vez no me había escuchado, pero dejó de moverse y se relajó un poco. Corte las curdas que ataban sus pies y trepé un poco más de medio metro para cortar las amarras de sus manos.
Extendí la flecha y comencé a romper las cuerdas con la punta de metal. Terminé de hacerlo y ella cayó sobre sus rodillas. En ese momento volteé hacia los trasgos, pero era demasiado tarde, habían escuchado el golpe seco de Emma al caer y ahora se dirigían hacia nosotras.
-          ¡Corre Emma, Corre!- Chillé intentando hacerles frente apuntándoles con la flecha.


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