Bienvenidos a mi blog, aquí van a encontrar historias inspiradas en libros como Twilight y Harry Potter, además de otros relatos recién salidos de mi retorcida imaginación... Así que espero que los disfruten y no se pierdan las actualizaciones.


28: La Villa

jueves, 4 de noviembre de 2010


Aquel sitio era hermoso, justo como de niños solemos imaginar aquellas pequeñas villas de cuentos de hadas. Un pequeño riachuelo la cruzaba justo en medio, y tres pequeños puentes de madera a lo largo de ella pasaban sobre el cauce de las aguas; las casas eran sencillas, construidas de manera antigua: altas y arrugadas paredes de roca, que acababan en un espeso techo recubierto de paja, cada una de las casas tenía una estructura similar; no eran muy grandes y sobre sus techos sobresalían chimeneas de diferentes tamaños.

El Caballo de Alexander aterrizó con un golpeteo y segundos después ya mis pies estaban pisando firmemente la tierra, mientras que las manos de Alexander seguían posadas en mi cintura; pasé mis brazos sobre sus hombros y rocé mi nariz con la suya, poniéndome de puntitas, él rió y me besó fugazmente antes de soltar su abrazo y tomar mi mano. Caminamos unos pocos metros para llegar a la entrada de aquel hermoso recinto; decenas de hombres y mujeres caminaban sonrientes y apacibles por las calles adoquinadas; a todos les rodeaba un aura de paz y eran portadores de increíble belleza; las mujeres, con largas cabelleras doradas, castañas y negras como la noche, que enmarcaban caras anguladas y angelicales. Por su lado los hombres, con pieles con tonos que variaban desde el blanco más caucásico a pieles oscuras como el chocolate.

Por un momento me sentí completamente burda e insignificante, minimizada ante la belleza de aquellos seres etéreos; aparentaban un rango de edad de unos dieciséis hasta los veinticinco, sus caras juveniles y sonrientes hacían que pareciesen completamente imaginarios. Alcé mi mirada hacia Alexander, ninguno de aquellos seres podría superar su belleza y perfección, en ese momento me percaté de que mientras caminábamos sus manos no se separaban de mi cintura; sonreí discretamente y continué  con la caminata.

Avanzamos rápidamente por las calles, cruzamos uno de los puentes hasta que por fin Alexander se detuvo ante una de las casas, sin embargo esta parecía abandonada, la calzada estaba cubierta por una capa de polvo y a diferencia de las demás esta no estaba adornada con flores en los alfeizares de las ventanas. Lo miré inquieta y llena de curiosidad.
-          No sé si lo notaste Chelse, pero en esta villa hay treinta y cuatro casas.- dijo mirándome a los ojos. Cada uno de nosotros es acreedor de una de ellas al ser convertido en un ser espiritual perteneciente a nuestra orden. Como sabes, tus padres pertenecieron a nosotros, así que cada uno tenía una propiedad aquí en esta villa.

-          -  Entonces, ¿esta casa era de uno de ellos?- dije asombrada.

-          -  Si, esta era la casa de Elliot.- dijo el dirigiendo su mirada a las ventanas. Suavemente deshice mi agarre y me acerqué cautelosa a la construcción. Subí el par de escalones e inmediatamente me encontré frente a la puerta.

Alexander me siguió y se situó detrás de mí. Recorrí con mis dedos la puerta de madera tallada; se veía en cada uno de los detalles la dedicación y el arduo trabajo que realizo el artista, un enorme sol, rodeado de nubes, montañas, una especie de valle y justo en centro una especie de corazón y dos aros unidos. Intenté abrirla, pero fue en vano, una cerradura de aspecto antiquísimo lo impedía, dejé caer mis hombros, resignada y suspiré;  mi curiosidad acerca de lo que habría allí dentro me consumía. Alexander rió y o miré extrañada.
-          
      - Chelse, eres una persona extremadamente curiosa, tal vez más de lo que deberías.- Acto seguido extrajo de su bolsillo un juego de llaves, tomó una de ellas y con un movimiento elegante, bastante habitual en él la introdujo entro de la cerradura, la cual abrió sin dar ningún trabajo.

Empujó la puerta suavemente e hizo un gesto para que entrase a la casa.
Dubitativa adelanté un par de paso y me interné dentro de la sólida construcción; la decoración, a pesar de ser rudimentaria era bastante acogedora, una mesa de madera con sillas de tronco grueso se encontraban en un lado de la habitación una alfombra se extendía por el suelo y sobre ella una mesita acompañada de una especie de sofá rudimentario; un par de hamacas colgaban en esquinas contrarias y un candelero de metal colgaba del techo, en él aún quedaban restos de velas de cebo a medio consumir. Finalmente, en la esquina más alejada de la estancia, justo frente a la chimenea había una abertura en el techo de madera, lo suficientemente grande como para que un hombre adulto pudiese colarse sin ningún problema, desde el suelo hasta la boca del agujero subía una escalera de madera con unos ocho o diez tramos. Al parecer conducían al dormitorio que se encontraba en la segunda planta.

Todo lo que se encontraba allí estaba recubierto por una gruesa capa de polvo, y un olor a encierro llenaba mi nariz. Imaginar a mi padre allí, como uno de esos seres de extraordinaria apacibilidad y belleza, con juventud rebosante y actitud pausada y tranquila.

Estuvimos unos pocos minutos allí antes de que Alexander me condujera a otra casa, con el mismo aspecto abandonado, de nuevo sacó el juego de llaves y abrió la puerta, me sorprendió el hecho de que fuese exactamente igual a la de mi padre, la misma técnica y detalle podía apreciarse en ambas.

Aquella casa era la de mi madre, lo noté antes de que Alexander lo dijese, había detalles que daban su personalidad a la perfección y que además estaban presentes en nuestra casa; pequeños candelabros con velas de cebo, esculturas talladas en madera muy parecidas a las que decoraban la repisa de la chimenea en nuestro hogar. La distribución era muy parecida a la de la casa que acababa de visitar, la mesa con sus sillas, una alfombra de un alegre color verde, la escalera en la esquina contraria de la chimenea. Sin embargo no había muebles sino que cerca de media docena de hamacas colgaban de las vigas del techo de madera, todas de diferentes colores dándole un toque de alegría a la estancia.

Me senté en una de ellas y me mecí suavemente, las vigas del techo rechinaban con un sonido dulce y crujiente. Alexander me miraba, su cuerpo estaba reposando contra la pared y una ligera sonrisa se posaba en su rostro, sin embargo sus ojos estaban pintados de preocupación. Me levanté y me acerqué a él; rocé sus labios con la yema de mis dedos y él rodeó mi cintura con sus manos.

-         -   Todo estará bien.- susurré mirándolo fijamente a los ojos. En este momento no había ni una pizca de duda en mí; estando con él sentía que todo era posible, me sentía invencible y protegida por el ser que más amaba.

Tampoco estuvimos mucho rato más en la casa que pertenecía a mi madre, salimos tomados de la mano rápidamente, cerrando la puerta tras nosotros. Finalmente me condujo hasta otra casa, esta era notorio que sí se encontraba habitada, en los alfeizares de las ventanas se observaban diversas flores de hermosos y brillantes colores; la puerta estaba abierta y un delicioso y dulce olor invadió mi olfato. Alex me llevó hacia adentro, esta casa era un poco más grande, al estar justo al lado del río, poseía un pequeño molino que giraba suavemente impulsado por la corriente del agua. Miré hacia los lados detallando aquella casa, como la de mi madre también estaba repleta de hamacas de colores un poco menos vistosos, iban desde el marrón hasta el más claro Beige.

Alexander me ofreció asiento en una de ellas y luego él se sentó en la contigua; mis ojos recorrían aquel sitio mientras que los de Alexander se clavaban ansiosos en la puerta, expectantes. De pronto entró una pareja.

Ella, aparentaba unos veinte años de edad, su piel era dorada, como tostada por el sol; una melena negra y levemente ondulada caía hasta su cintura. Poseía una silueta delgada y atlética; sus ojos eran de un color gris plomo y brillaban dando un aire compasivo y amable.
Por su parte, él era un poco más alto que su acompañante; una cabellera no muy larga, castaña y revuelta acompañaba un rostro bastante angulado, una nariz recta y perfecta formaba en conjunto con unos ojos achinados de un llamativo color verde, un perfecto perfil griego. Su cuerpo estaba bien formado y aparentaba, al igual que la chica, unos veinte años de edad.

Ambos sonrieron al vernos y Alexander les devolvió el gesto muy entusiasta, se levantó de su asiento y los abrazó a ambos; susurraron por lo bajo y pude ver como aquellas dos personas me observaban con admiración y curiosidad; no pude evitar sentirme cohibida ante sus miradas, así que disimulé todo aquello, mirando hacia afuera por una de las ventanas.

-         -   ¡Chelsea!- dijo Alexander, me volteé cuan distraída y le miré a los ojos.- ¿puedes venir aquí?
Asentí y me situé lo más rápido que pude junto a él.

-         -  Chelse, ellos son Sussane y Adrián.- ambos sonrieron e inclinaron sus cabezas a modo de saludo. Sonreí devolviéndoles el gesto.- También son miembros de la orden a la cual pertenezco y a la cual pertenecieron tus padres. Sussane fue la mejor amiga de tu madre a lo largo de los siglos que ella permaneció aquí. Fue quien la apoyó en todo momento hasta su partida.

En ese momento un sentimiento de gratitud se liberó en mí, la miré agradecida y ella sonrió ampliamente.

-          - No puedo creer que seas tú, la hija de Diane y Elliot.- dijo con una dulce voz cantarina, mirándome de pies a cabeza.

Asentí nerviosa y les dediqué una sonrisa; finalmente Alexander rompió aquel silencio.
-          Esta es mi casa Chelse, le pedí a Sussane que la adecuara para recibirte, a decir verdad… no suelo traer chicas a casa.- dijo guiñando el ojo. Mis mejillas se incendiaron de inmediato, recordé aquel día en la mansión cerca del instituto y mi estómago se hizo un nudo. 

Sussane y Adrián nos miraron extrañados, hasta que por fin un rayo de entendimiento cruzó la mirada de Adrián quien codeó a su compañera en un gesto pícaro, ella miró sorprendida a Alexander quién se limitó a encogerse de hombros, sin palabras todo estaba dicho ya.

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