Bienvenidos a mi blog, aquí van a encontrar historias inspiradas en libros como Twilight y Harry Potter, además de otros relatos recién salidos de mi retorcida imaginación... Así que espero que los disfruten y no se pierdan las actualizaciones.


27.- Decisiones Tomadas II

miércoles, 20 de octubre de 2010


Alexander suspiró profundamente, sabía que algo le preocupaba y no quería decírmelo; y, a decir verdad ya estaba cansada de las verdades a medias. Fruncí el ceño y lo miré.
-          Hay algo más, ¿cierto?- dije tratando de imprimir fuerza y convicción a mi voz. Él bufó y rodó los ojos.

-          Chelsea, por una vez… por tan solo UNA vez ¿podrías conformarte con lo que te diga? – Negué con la cabeza decidida y él suspiró resignado.- sabía ya eso, ¿Qué quieres saber?

-          Todo, ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué te pusieron esa... marca?- dije decidida.

-          Chelse, yo no debería estar diciéndote esto pero, necesitas saberlo. –dijo él en un tono serio.- viene una guerra, una como la que nunca se ha visto, entre superiores y subterráneos. Ellos quieren tenerte como sea, y nosotros, ni mucho menos YO lo permitiré. Aquí, tanto tú como tus padres están a salvo.
Tragué saliva, no me esperaba esa respuesta. Respiré profundamente y hable.
-          ¿Cuándo será? – pregunté, sorprendida por la entereza de mi voz.

-          Al alba, en dos días.- respondió él examinando mi rostro pensativo con su mirada.

-          ¿Será aquí?- volví a preguntar.

-          No, Chelse… ellos no pueden entrar a nuestro mundo.- respondió.

-          ¿Entonces?

-          Será en el mundo inferior, no puede ser aquí y mucho menos en tu mundo, sólo imagínate las dimensiones de la destrucción que podríamos causar.

Asentí mientras que miles de ideas se formaban en mi mente.

-          Yo iré, Alexander – dije; él me miró con ojos fríos y se dispuso a reprochar, pero me levanté de golpe y proseguí.- todo esto es por mí, y no puedo permitir que ustedes se sacrifiquen por defenderme. Por lo menos quiero estar allí.

Caminé hacia donde estaba mi mágica amiga y subí sobre su lomo. Despegando con total calma, pude ver hacia atrás; él se había levantado, tenía sus dedos entre su cabello rubio y rizado, las marcas de su cuerpo se habían escondido de nuevo y sus hombros subían y bajaban al ritmo de su respiración. Volví a poner mis ojos en el cielo y pude ver de nuevo el templo sobre la colina.

Aterrizamos y me bajé rápidamente, arrepentida por el modo en que había tratado a Alexander, al fin y al cabo el no tenía la culpa de todo lo que estaba pasando, sin embargo lo había tratado como tal. Sin embargo tendría tiempo para disculparme luego de hablar con mis padres. Acaricié el cuello de mi corcel suavemente sintiendo el latido calmado y pausado de su corazón. Me alejé suavemente y ella hizo un sonidito por lo bajo parecido a un ronroneo, eso me hizo reír un par de segundos antes de emprender mi caminata hacia el comedor en busca de mamá y papá.

Caminé con paso firme y decidido por los largos pasillos hasta llegar a las altas puertas que había atravesado para llegar al comedor, no escuché voces ni ningún sonido que indicase que ellos estuviesen allí, sin embargo empujé la puerta para cerciorarme.

En efecto no estaban allí, el alto candelabro del techo no emitía ninguna luz, dejando la larga habitación en penumbra, cerré la puerta percatándome de no hacer ruido y comencé a caminar aletargada, pensando dónde podrían encontrarse, intentaba recordar la ubicación de la habitación donde había despertado, comencé a recorrer todos los pasillos mientras sentía que me internaba en un laberinto.

Finalmente reconocí la puerta de madera tallada finamente y el arco dorado que la rodeaba, entré a la habitación y caminé hacia la cama, grande y acogedora. Me tendí sobre ella y en ese momento me di cuenta del nivel de cansancio que tenía en mi cuerpo. Dejé que mis párpados se cerrasen y que el sueño se apoderara de mí.

La luz de la mañana me despertó de mi sueño, abrí los ojos y me desperecé. Caminé hacia la puerta y tiré de ella. Rápidamente busqué un baño, un par de puertas más allá había una visiblemente más pequeña que las que la rodeaban, la empuje y encontré un pequeño lavabo, bastante anticuado.

Luego de lavar mi cara y limpiar mis dientes como pude fui a desayunar, con la esperanza de encontrarme con mis padres, efectivamente al empujar la puerta estaban los dos sentados alrededor de la mesa, cesaron su cháchara cuando me vieron entrar. Ambos sonrieron abiertamente y yo les respondí a medias; algo me decía que ellos sabían todo desde mucho antes, al igual que Alexander y ninguno me había dicho absolutamente nada.
Me senté junto a ellos y comí en silencio, pensando en lo que sucedería y en que por ningún motivo me quedaría de brazos cruzados. Mis padres me observaban y de vez en cuando los notaba lanzándose miraditas nerviosas.

-          ¡Tranquilícense! Ya sé lo que sucederá- dije calmada. Ellos se miraron con una pizca de asombro y yo proseguí con naturalidad.- mañana al alba, ¿no es así? Pues yo iré.
Ambos comenzaron a hablar desaforados intentando decirme que no, sin embargo no les presté mucha atención. Los ignoré introduciendo un trozo de pan a mi boca y cerrando los ojos tarareando una tonada inventada. Sí, era un comportamiento bastante infantil, pero esperaba que me diera resultado. Nada ni nadie me impediría ir.

-          No intenten convencerme, no lo impedirán.- proseguí con voz suave, mis padres estaban al borde de la ira, sin embargo ambos dejaron de darme motivos y veían puntos diferentes de la pared con la mirada vacía, sus expresiones eran frías y ceñudas, sin embargo tragué saliva para seguir en mi dura posición.

Me levanté de la mesa sin inmutarme y salí sin ver atrás, me partía el alma comportarme de ese modo, pero si quería lograr mi objetivo debía hacerlo. Una luz radiante bañaba todo alrededor, sin embargo no podía ver un objeto que la emitiese, como si todo el cielo fuese un sol de un hermoso color celeste.

Me senté en el bordillo de un pequeño escalón meditando lo que sucedería en menos de veinticuatro horas. De pronto apareció Alexander, me acerqué a él dispuesta a ofrecerle mis disculpas; sin embargo él venía con la más hermosa y honesta sonrisa hacia mí. Sonreí extrañada al verlo y él me abrazo suavemente y besó mi frente.
-          Bueno, bueno… amaneciste de un excelente humor.- dije riendo.

-          Pues, en realidad me acaban de dar una buena noticia.- dijo él emocionado.- los superiores me autorizaron a llevarte a la villa.

-          ¿villa? ¿hay una villa? – pregunté alzando una ceja.

-          Por supuesto Chelsea, ¿o acaso crees que solo estamos nosotros en este mundo? La Villa queda al sur, del otro lado de las montañas, allí viven el resto de los treinta y cuatro que te conté aquel día en tu casa, ¿recuerdas?

Asentí, recordaba a la perfección cada una de sus palabras. Él tomó mi mano y comenzamos a caminar hacia el exterior del templo, el pensamiento de la batalla rodeaba mi cabeza, pero no quería arruinar este momento. Después hablaríamos.

Busqué con la mirada a mi hermosa yegua, sin embargo no estaba.

-          Tranquila, está en el bosque.- dijo Alexander.- la vi en la mañana, no se extraviará. Pero mientras tanto iras conmigo.

Una sonrisa pícara se extendió por su rostro y yo reí tontamente, completamente apenada y con la sensación de hormigueo característica de mis fuertes sonrojos recorriéndome el pecho y el cuello. Alexander extendió su mano y me ayudó a subir, luego el subió, situándose delante de mí.

Rodeé su cintura con mis brazos y apoyé mi cara en su espalda. Sentí una ligera sacudida, sabía perfectamente que estaba riendo, aunque intentase ocultarlo. Rápidamente me estiré y besé su cuello bajo su oreja, sabía cómo reaccionaría: Su cuerpo se tensó y su tacto se tornó helado; reí a carcajadas y él me miró a modo de reproche.

-          Bien señorita, sujétate.- dijo antes de guiñarme un ojos.

Sonreí y apreté ligeramente mi agarre.

Sin más ni menos el caballo comenzó a correr, desplegando sus alas. Sentía sus fuertes pisadas y el movimiento de sus músculos mientras aumentaba la velocidad de su carrera; cerré los ojos cuando sentí la patada final y el fuerte aleteo, una ligera sensación de vértigo me atacó, sin embargo cuando estuvimos suspendidos en el aire pasó a ser algo secundario.
Esta vez iríamos más lejos que antes, según Alexander debíamos pasar las montañas, aquella que eran el punto demarcado en el horizonte, el sitio más lejano que podía verse desde el templo donde había pasado cerca de cinco días.

El cielo era de un hermoso tono celeste y nubes completamente blancas y esponjosas nos rodeaban, sin embargo, y a diferencia del mundo al que estaba acostumbrada, en el cielo podían verse enormes satélites parecidos a planetas y estrellas,  estaba completamente deslumbrada por la belleza del paisaje astral que se abría ante mí.

Finalmente descendimos un poco, saliendo del montón de nubes, pude ver plantas, un suelo engramado en algunos sitios y terroso en otros, un río que corría con aguas cristalinas, criaturas de todo tipo y, pude vislumbrar la hermosa y pequeña villa.

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