Bienvenidos a mi blog, aquí van a encontrar historias inspiradas en libros como Twilight y Harry Potter, además de otros relatos recién salidos de mi retorcida imaginación... Así que espero que los disfruten y no se pierdan las actualizaciones.


1.- La Huída

miércoles, 23 de junio de 2010



-          Mademoiselle Aidelle- dijo la voz de Marie, la criada del palacio. Denoté un gran nerviosismo en su voz y me viré para encontrarme con sus ojos llenos de lágrimas.

-          ¿Qué sucede Marie?- pregunté tomando sus hombros entre mis manos y sacudiéndola mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

-          La señora, mademoiselle Aidelle.- dijo con sus ojos negros muy abiertos.- Madame Ana ha sido descubierta esta noche… debe huir, tomaran Versalles madeimoselle. La resistencia la culpa de alta traición a la corona, han descubierto sus cartas y la inculpan de todo lo que ha sucedido.
Mi corazón estaba completamente enloquecido por el miedo y la preocupación; la regencia de Ana de Austria había caído esta noche; aquella mujer benévola que me había protegido y salvaguardado había sido destronada. Me levanté rápidamente de mi cama mientras que Marie me seguía ayudándome a deshacerme de mi camisón; di un salto para llegar al bastidor y deshacerme del resto de mi ropa. Sentí el vestido de Marie rozar el suelo de un lado al otro mientras buscaba mis ropajes; rápidamente extendió hacia mí uno de mis vestidos cuidadosamente doblados, de esos que no solían usarse con armador, mis calzas, medias y zapatos de botín.
Me coloqué toda aquella ropa inundada en un suave olor a naftalina para evitar las polillas y salí acomodando mi cabello detrás de mis orejas; tomé rápidamente un par de bolsas de lona y las llené de ropa y joyas, sabía que mi vida acomodada había terminado en ese momento, así que necesitaba algunos objetos que pudiese vender o cambiar por comida.  Cuando hube terminado tomé mi bolso tejido, regalo de mi benévola salvadora y salí.
Mi dormitorio se encontraba oculto entre pasadizos del palacio, los crucé todos a oscuras hasta llegar a la trampilla de madera en el suelo de la cocina; en ese momento fui consciente de lo que sucedía afuera. Pude oír gritos, observar las sombras que producía el fuego en el exterior sobre las ventanas de vitral, gritos, el sonido de espadas chocando, todo era un completo desastre.
Corrí lo más sigilosamente posible y llené mi bolsa con algunas frutas y trozos de pan; escuché el romper de un vidrio y el pánico se apoderó de mí. Salí a la carrera cerrando la puerta con trabas detrás de mí. Llegué rápidamente a uno de los pasillos y encontré un hermoso candelabro con velas de grasa; lo tomé rápidamente junto a unos cerillos y las encendí.
Caminé por los pasillos llamando a Marie.
-          ¡Marie, Marie!- llamaba lo más bajo posible.

-          ¡Mademoiselle! Venga por favor, pero permanezca en silencio.- escuché la voz susurrante de Marie hablarme desde detrás de una puerta.

Me apresuré sigilosamente hacia allí y crucé el alfeizar, allí encontré a mi amiga, su cintura sobresalía del suelo mientras bajaba por una trampilla. Hizo una señal para indicarme que la siguiese, ella tenía un candelabro individual con un pequeño trozo de cera, yo le alcancé una de las velas del mío, ella sonrió en señal de agradecimiento y yo imité su gesto.
Llegamos de nuevo a los pasadizos del palacio, caminamos a paso rápido mientras que Marie tiraba de mí.
-          Marie, ¿Qué ha pasado con Madame de Austria?- pregunté con voz de súplica, Marie se viró para responderme rápidamente sin dejar de caminar.

-          Ella ha huido ya, al igual que mademoiselle debería hacerlo. Se ha ido a Val-de-Grâce hace un rato. He hecho que preparen un carruaje para usted, los corceles son briosos, los mejores de madame Ana.

-          ¿Y qué pasara contigo Marie?- dije observando a mi amiga, ella dio un par de pasos sin contestar y empujó una puerta polvorienta que daba al establo.- Eres mi mejor amiga Marie, ven conmigo.

-          No mademoiselle, yo estaré bien acá… tengo a mi familia y no puedo dejarlos.- dijo con lágrimas en los ojos; algunas se desbordaban y corrían por sus mejillas enmugrecidas, su cabello lleno de Claireles rubios desordenados caía en su rostro pegándose a los surcos de sus lágrimas. Verla allí me partió el corazón, besé sus mejillas y la abracé fuertemente.

-          Que Dios te proteja Mademoiselle Marie; je t'aime une amie, Merci.- susurré, ella lloró y me tendió un abrigo negro. Me lo coloqué rápidamente y subí al carruaje.

Me despedí con la mano de mi amiga y cubrí mi rostro con la caperuza del abrigo; volví la vista hacia el camino oscuro, en una noche tormentosa donde mi vida como la conocí acababa.
-          Aidelle, despierte señorita Aidelle.- escuché una voz que llamaba; abrí los ojos alarmadas para encontrarme con el rostro empolvado de Madame Natasha.

-          Buenos días señora.- musité frotando mi rostro. Ella sonrió como solía hacerlo cada vez que yo pronunciaba cualquier palabra, al parecen mi acento francés no ayudaba mucho a mi proceso de aprendizaje del rumano.

-          Es tarde señorita Aidelle; hoy debemos terminar los dos encargos y aun no terminamos siguiera de hilar la tela.-dijo con su acostumbrado hablar atropellado. Me incorporé de un salto y entré al baño de la pequeña casa donde Natasha Anghel me había dado acogida.

Me desvestí rápidamente y me di un acostumbrado baño con un suave paño que me había obsequiado mi amable socia; no era comparado a los baños de tina que tomaba cuando vivía en Versalles, pero me había acostumbrado ya a los pocos lujos. Luego me coloqué un vestido liso de un hermoso color amarillo y dejé mi cabello, del color de las hojas secas en otoño cayese sobre mis hombros; lo peiné rápidamente y salí.
Natasha era una mujer joven, de unos veintisiete años, al igual que todas las mujeres en Transilvania era muy alta y ligeramente corpulenta, sin embargo su rostro era anguloso y con suaves líneas, era una mujer muy activa y enérgica; una costurera por excelencia y eso había hecho que yo tuviese un lugar en esta casa, ella me daba hospedaje mientras que yo trabajaba hilando la tela y cosiendo desde colchas hasta hermosos vestidos.
-          Aidelle, necesito que vayas a la tienda por lana, no tenemos tiempo de hilarla nosotras, toma algunas monedas de plata del aparador, sobre la mesa esta la lista de lo que necesitamos.- dijo Natasha al pasar junto a mí con un enorme trozo de tela. Asentí enérgicamente y corrí hacia mi habitación; cada vez que recibía alguna paga extra la guardaba en el muelle de mi cama, y ahora era el momento de usarla.
Tomé mis ahorros y los coloqué en el dobladillo de la cintura de mi vestido, corrí hacia la alacena y tomé un pequeño montón de monedas y el pequeño trozo de papel escrito con fina y hermosa caligrafía. Me coloqué mi chal y caminé por el pueblo dejando que el frío clima invernal rozara mis mejillas que iban tomando un tono cereza que hacía resaltar mis pómulos sobre mi piel blanca. Llegué a la tienda del centro y entré con un rechinido de la puerta.
El mostrador de madera escondía a un despachador pequeño y regordete que salió a mi encuentro; su cabello era blanco como la mismísima nieve y escaso sobre la frente.
-          Buen día joven dama.- dijo con una reverencia leve. Respondí con el mismo gesto.

-          Vengo de parte de Madame… es decir, la señorita Anghel.- dije corrigiendo rápidamente.- ella envía esto.
Dicho esto le entregué el pequeño papel; aquel hombrecillo sacó un pequeño monóculo del bolsillo de su chaleco y examinó rápidamente la lista hecha por Madame. Asintió varias veces y con su voz chillona me pidió que esperase mientras iba a buscar lo que necesitaba.
Cuando aquel hombre salió, recorrí la estancia observando la gran cantidad de finas y hermosas telas. Sin embargo un par llamaron mi atención, una, de un rojo carmesí brillante y lisa como el pétalo de una rosa, la otra, de un intenso color negro como el azabache hacía un contraste perfecto con la primera. Pasé suavemente mis dedos por ambas telas hasta que un ligero carraspeo de garganta hizo que diera un respingo.
-          Acá tiene lo de la lista señorita, un total de nueve monedas.- dijo entregándome una gran bolsa de lino que puse en mi canasta.

-          Disculpe.- dije alzando una mano cuando el vendedor se marchaba. El hombre se giró con la codicia dibujada en sus ojos, como si supiera cuáles eran exactamente mis intenciones. Señalé con la mano las telas que había visto.- Esas, esas telas…

-          Oh, sí sí.- me interrumpió el hombre pasando a mi lado y extrayendo los rollos del mostrador.- Son telas árabes, lo mejor del otro continente. Nunca las había vendido acá; tiene un precio algo elevado y…

-          N-no importa, las llevo.- dije interrumpiéndole. El vendedor sonrió y entró de nuevo con ambos rollos en mano; salió pocos minutos luego.

Salí de la tienda con ambas telas, además compre algunos metros de encaje negro y rojo brillante; Caminé rápidamente a casa antes de que se desatase la ventisca que amenazaba el pueblo desde la mañana. Entré rápidamente y cerré la puerta detrás de mí; el reloj de la catedral anuncio las once de la mañana con sus usuales y a la vez terroríficas campanadas; debo admitir que a pesar de tener ya un par de años viviendo en Transilvania aún no me acostumbraba a aquel ruido que me sacaba de mis sueños para sumergirme en pesadillas de demonios pisando mis pasos, tinieblas y risas maníacas, solo para despertar con sudor perlando mi frente y mechones de cabellos adheridos a mis mejillas.
-          Madame Natasha.- dije depositando rápidamente su encargo y las monedas sobre el enorme mesón de fresno antes de correr hacia mi habitación para evitar que madame viese mi nueva adquisición. Aquella mujer me daba todo lo que me fuese necesario a cambio de la poca ayuda que podía ofrecerle; así que de seguro querría pagar ella misma las caras telas.
Entré rápidamente a mi habitación cerrando la puerta detrás de mí. Coloqué la canasta sobre la pequeña mesa de madera junto a mi cama y saqué las hermosas telas. Acaricié con las puntas de mis dedos el fino material antes de colocarlo oculto dentro de mi armario. Crucé nuevamente la estancia y salí hacia el recibidor donde se encontraba Natasha terminando rápidamente una enorme colcha a base de rombos con tonalidades rosa y azul pálido. Me acerqué suavemente y me senté en la silla contigua a la suya.
-          Aidelle, cariño.- dijo sin levantar los ojos de la máquina de costura que tenía frente a ella.- Hoy ha llegado un hombre a nuestra puerta para realizar un encargo; una capa negra, él mismo ha traído la tela y el esbozo de lo que quiere, así que ya la he cosido; no tiene mucho detalle pero debo admitir que su diseño es hermoso, ¿podrás terminar el bordado?
Dicho esto me alcanzó un trozo de papel, en el había un dibujo de una especie de escudo, consistía en una estrella roja de seis puntas, cruzadas tras de ella habían dos espadas y en el centro de la figura una medialuna. Asentí luego de observarlo unos segundos; Natasha sonrió y señaló con su fino mentón la mesa donde se encontraba la capa ya hecha.
Me levanté nuevamente y una ráfaga de viento helado llenó la habitación haciendo que mi cuerpo temblase; me apresuré a colocar leños en la chimenea y encender el fuego. La sala se llenó rápidamente de una calidez deliciosa y un suave olor a pino mientras que yo volvía a mi puesto en el sillón con la capa y el tambor de bordado en mano.
La tarde dio paso a la noche mientras que Natasha hacía un delicioso guiso que cenamos sentadas las dos a la mesa; a pesar de que nuestras edades no distaban mucho ella era como mi madre, y a sus veintisiete años y a mis veintiuno respectivamente ninguna había tenido pareja.
Luego de comer, terminé mi labor de bordado mientras que Natasha leía un libro en voz alta; finalmente cada una se retiró a su habitación. Sin embargo, antes de retirarme tomé varios trozos de papel, un tintero, pluma y una fina vela. Entré a mi habitación y coloqué todo sobre la mesa junto a la ventana, la vela estaba en una esquina llenado la habitación con una luz tenue. Comencé a trazar bocetos para un vestido; un vestido que haría con aquellas livianas y hermosas telas.
Una línea tras otra fui trazando las ideas que tenía en mi mente; durante horas estuve dibujando, diferentes mangas, caídas, velos y colas; finalmente lo acabé, el modelo perfecto. Sonreí mientras revisaba los últimos detalles, asomé mi cabeza por la ventana, la luna estaba en su fase menguante, así que en no sería sino hasta dentro de varias semanas que se la vería completamente llena, el cielo estaba despejado y de vez en cuando era surcado por bandadas de murciélagos.
Me levanté y caminé sigilosamente por el suelo de piedra, me desvestí detrás del bastidor y me coloqué un camisón limpio. Me metí a la cama y sin darme cuenta me quede dormida.
En mi sueño volvía a estar en Versalles, un día soleado en una vida que yo catalogaba como normal. Bajo la protección de Ana de Austria, la regente de Francia. Aquella mujer de la realeza me había encontrado cuando apenas era una pequeña niña; mis padres habían muerto de peste y yo, sin familia había quedado a la deriva. Con solo cinco años vagaba por las calles cuando ella detuvo su carruaje y me dio hospedaje en su palacio, como si de su hija se tratase; todo esto de modo clandestino. Había crecido en el palacio junto a Marie, hija de la mujer que se encargaba de cuidarme día y noche; cuando ella murió, su hija de quince años tomó su lugar, era solo dos años mayor que yo, así que nos llevábamos muy bien.
Durante mi crecimiento fui educada por los mejores maestros, sabía de matemáticas, lectura, escritura e historia, además de haber sido criada bajo los modales pertinentes de una princesa. Sin embargo, el conocimiento que en esta etapa de mi vida me era más útil me lo enseño mi vieja nana, me instruyó desde pequeña enseñándome a hilar, tejer, bordar y coser; según ella los conocimientos básicos que toda mujer debe adquirir.
Luego de mí huída de Versalles viajé en carruaje hasta llegar a Macedonia. Veinte días de viaje, me dieron posada en una vieja casa. De ahí estuve viajando por toda Europa, pagando comida y estadía con las valiosas joyas que poseía. Finalmente llegué a Rumania, viví durante meses en pequeños pueblos hasta llegar a Transilvania, donde Natasha me dio acogida. Luego de mi largo y sombrío viaje que duró un par de años tuve una vida estable.
A la mañana siguiente estuve en pie temprano, me vestí rápidamente con un vestido que me obsequió madame por navidad pocas semanas antes. Aun el crudo invierno arreciaba contra Transilvania cubriendo los espesos bosques de una fina capa brillante y blanca. Luego de que estuve lista limpie la pequeña pero acogedora casa, como solía hacer las mañanas de sábado; cuando Natasha estuvo lista preparó un desayuno a base de leche, té y migas de pan dulce.
Luego de comer un golpeteo de la puerta irrumpió el silencio, fui rápidamente a abrirla; al hacerlo dejé al descubierto un encorvado hombre. Hice un esfuerzo sobrehumano para no demostrar en mi semblante la terrible repulsión que me causaba. Su cuerpo estaba terriblemente encorvado y coronaba en su espalda una joroba que sobrepasaba su cabeza, sus ojos eran grandes y saltones, una cicatriz iba desde su mejilla izquierda y atravesaba sus finos y temibles labios. Su piel, que en algún tiempo fue morena ahora era de un opaco gris.
-          ¿S-si? Bu-buen Día.- tartamudeé excusándome con el frío y cruzando mis brazos sobre el pecho. Aquel hombre sonrió retorcidamente aumentando mi pánico.

-          Buenos días, joven Damisela.- habló con una voz ronca.- he venido por el encargo de mi señor Vlad Draculea, Príncipe de Valaquia.

Miré hacia atrás buscando la mirada de Natasha que asintió suavemente. Volví mi vista intentando ser cordial y le indiqué que esperase un segundo. Casi corrí hacia el sitio donde la noche anterior había dejado la larga capa, esperando que aquel hombre desapareciese con ella. Volví a la puerta y se la entregué con cuidado. Él admiró el trabajo y sacó de su bolsillo un pequeño saco de cuero que puso en mi mano, a juzgar por el peso habría unas cien monedas de oro en ella. Abrí mis ojos desproporcionadamente y lo miré.
-          Señor, pero el precio es de solo…-dije rápidamente.

-          Es su paga y un agradecimiento que envía mi lord.- me interrumpió. Dicho esto giró sobre sus talones y se fue a un paso irregular. Cerré la puerta rápidamente y abrí el pequeño paquete. Caminé hacia la mesa del comedor y vacié su contenido sobre la madera; conté las monedas y, en efecto, habían ciento diez monedas de oro.
Devolví las monedas al saco y se lo entregué a Madame Natasha.
-          Ciento diez monedas de oro madame.- dije al tiempo que las ponía entre sus manos. Ella abrió los ojos y me devolvió el saco.
-          Divídelas a la mitad y toma para ti una parte.- indicó.- también quiero que tomes este día libre y hagas cualquier cosa que desees.
-          Muchas gracias madame.- dije con una sonrisa.
Hice lo que madame me ordenó y coloqué su parte sobre la alacena. Mi parte la guarde debajo del catre de mi cama.
-          Aidelle, iré al centro a comprar algunas cosas que necesito.- dijo Natasha desde el otro lado de mi puerta.
-          Claro Madame Anghel.- dije suavemente, la escuché caminar por el pasillo hasta llegar a la puerta y cerrarla tras de sí.
Caminé hacia el armario y saque las telas para mi vestido, ocupé el asiento frente a la mesa de trabajo que se encontraba en el recibidor y comencé con mi labor.

1 comentarios:

  1. mmariab dijo...:

    WOOOOW! me encanto esta nueva historia enserio qe no puedo esperar para el siguiente capitulo publica pronto y pasate por mis blogs

    www.mmariablack.blogspot.com
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    besos (:

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