Bienvenidos a mi blog, aquí van a encontrar historias inspiradas en libros como Twilight y Harry Potter, además de otros relatos recién salidos de mi retorcida imaginación... Así que espero que los disfruten y no se pierdan las actualizaciones.


cap. 10: ¿Tristeza?

sábado, 7 de noviembre de 2009



-          ¿necesitas que te acompañe?- dijo él con su rígido tono de voz; negué con la cabeza y comencé a caminar, no volteé a verle, simplemente caminé lentamente calle abajo mientras que una lágrima rodaba por mi mejilla. Era patético el verme en tal estado, lo había conocido hace apenas unas seis horas y ya cada célula de mi cuerpo lo añoraba, no sabía quién era pero aún así me sentía a salvo con él, sin embargo aquella sensación de plenitud se había ido en el momento que vi su rostro endurecerse y escuché aquel rígido timbre en su dulce voz.
Caminé sin fijarme muy bien, mantenía las flores aferradas en mis manos y los ojos llenos de lágrimas. No podía creer lo que pasaba, me sentía tan estúpida, me había enamorado de un chico desconocido y ahora había sido rechazada. Aunque no quisiera sentir lo que sentía, era inevitable; sequé mis lágrimas con la manga de mi chaqueta y aclaré la garganta antes de doblar la esquina para llegar al instituto. Me recosté contra la pared y cerré los ojos, aguardé que sonara la campana que indicaba la hora de salida, escuché el bullicio de cientos de estudiantes saliendo y me aproxime a la multitud. Busqué entre ese mar de personas el rostro de Emma.
Pasé a empujones y trompicones hasta el final de la muchedumbre, allí finalmente estaba, sus ojos se abrieron como platos y su ceño se frunció. La miré apenada y tiré de su brazo para salir de la multitud. Volví a llevarla a la misma esquina donde había esperado que saliera.
-          No puedo creer que te hallas desaparecido así como así, te esperé y perdí mi primera hora de francés y tú no sé donde.- comenzó ella poniéndose roja como un tomate.
-          He hecho novillos con Alexander.- dije interrumpiéndola, ella me miró asombrada y agitó la cabeza de un lado a otro.
-          ¿Alexander? ¿Alexander Lambert?- dijo ella incrédula. Yo asentí y clavé la mirada en el suelo cuando recordé lo acontecido minutos antes.
-          ¿Lo conoces?- le pregunté ella se lió y asintió.

-          Sé quién es… es decir, todas comentan acerca de él en los pasillos… algunas tienen fotos suyas en sus móviles.- balbuceó, de pronto abrí los ojos como platos y la observé atónita.- ¡NO! Yo no, pero Lucy Stanley y… oh esto te va a encantar Olive, ella es una de las que bueno… lo fotografían cuando están en clases.

-          ¿OLIVE? – dije con los ojos como platos.- ¿Olive Wilson? Ella… él… - mascullé antes de romper en risas histéricas. Emma hizo coro de mis carcajadas escandalosas.

-          Espera, espera.- dijo ella tornándose seria.

-          ¿Qué pasa Emm?

-          ¿Eso… eso te lo obsequió?- dijo mirando con ojos muy abiertos el par de rosas que tenía entre mis manos, las observé y de nuevo la tristeza me embargó. Asentí y me paralicé negándome a que las lágrimas volviesen a brotar. Ella sonrió y me miró extrañada al percatarse de mi reacción.- ¿Pasó algo Chelse?
Emma se torno preocupada, su mente como siempre había encontrado mil y una malas situaciones. Levanté la vista y negué con la cabeza para que su cerebro se despejara de esas ideas absurdas.
-          Tranquila Emma, no pasó nada malo.- dije rápidamente para tranquilizarla, ella respiró fuertemente y arqueó una ceja esperando una explicación.
Caminamos a casa mientras que yo le relataba al pie de la letra lo acontecido. Le dije todo, excepto la parte que incluía el enorme collar que estaba resguardado bajo mi sweater púrpura. Al llegar abrí la puerta y nos apresuramos a entrar, lazamos las mochilas sobre la vieja moqueta del salón de estar y sacamos los libros para hacer los deberes.
-          ¡¡CHELSEA!!- gritó Emma, di tal respingo que resbalé del mueble donde me había quedado dormida y acabé en el suelo.
-          ¡¡OUCH!!- grité frunciendo el ceño en dirección a Emma, ella tenía las manos en su rostro y se sacudía violentamente, se reía de mí por supuesto, lo que me hacía enfadar aun más.- ¿Qué quieres?- dije de mala gana.
-          Te has dormido y no hemos acabado la tarea de inglés.- dijo ella recobrando la compostura, sus ojos estaban llorosos de tanto reír y aun sonreía.
-          ¡Al diablo con los deberes! ¡tengo sueño!- gruñí mientras me acomodaba de nuevo en el sillón.
-          ¡Chelse!- dijo ella con un deje de advertencia, abrí los ojos y me enfurruñé, tomé el cuaderno y el lápiz de mala manera y volví a los deberes.
Un par de horas más tarde escuché el ronroneo del auto en la calzada. Me levanté de un salto y corrí arriba, tomé un florero de la mesita del pasillo y arrojé las flores artificiales. Lo llené de agua y coloqué dentro las dos rosas,  Emma entró a mi habitación en el momento en que ponía el florero en la mesita junto a mi cama. Sonrió y negó ligeramente con la cabeza.
-          Sí que eres cabezotas.- dijo ella riendo por lo bajo, yo coloqué mi mejor cara de perrito haciéndola reír más fuertemente.- Bueno Chelse, será mejor que me vaya a casa, ya va a oscurecer y sabes que a mamá no le gusta mucho la idea de que llegue después del anochecer.

-          Aww… bueno Emi Lou, tienes razón.- dije al recordar aquel hombre del parque, no sabía muy bien quién o qué era, pero lo menos que quería era que se acercara a mi amiga. Y la noche era el momento más oportuno de todos.
Bajé con mi amiga y saludé a mis padres, la acompañé a la puerta y me despedí. La observé hasta que cruzó la esquina y se desapareció de mi vista; estuve un par de minutos más viendo la desolada calle, apenas iluminada por los lejanos postes de luz.
Cerré la puerta detrás de mí al entrar y caminé arrastrando los pies a la cocina. Mamá extendió sus manos hacia mí y yo me lancé a sus brazos, en realidad nadie mejor que ella para un abrazo, cerré los ojos y aspiré su perfume. Ella enterró su rostro entre mis cabellos y besó mi cabeza; quería permanecer allí por siempre, sabía que nadie podría lastimarme ente sus brazos, ella no lo permitiría. Suspiré y me alejé de ella, de pronto vi por el rabillo del ojo mi mano lastimada.
Rápidamente la escondí detrás de mi espalda y sonreí. Volví a subir corriendo las escaleras y entré al baño. Retiré la bandita y lavé el pequeño corte, este apenas era una pequeña línea rosa que repasé con mi dedo. Aproveché que estaba allí y me deshice de mi ropa, abrí las llaves del agua y esperé que el vapor proveniente del agua caliente llenase el cuarto de baño, entré a la ducha y deje que el agua me recorriese. Froté mis sienes con las yemas de los dedos y arrugué el ceño; todas las imágenes del día de hoy pasaban detrás de mis párpados con una rapidez asombrosa. Los ojos me dolieron y mi visión se hizo más oscura; al terminar de ver todo lo acontecido, tomé una enorme bocanada de aire, había dejado de respirar y mis pulmones dolían.
Sacudía la cabeza esperando oír el sonido de un tornillo suelto, sería la explicación más lógica a todo lo que estaba pasando. Cerré el grifo y me quedé allí de pie, choqué la frente contra la pared y dejé que mi cabello cayese sobre mis hombros.
-          ¡Chelsea! ¡apúrate cielo, la cena esta lista!- dijo la voz de mi madre desde el otro lado de la puerta.
-          Ya voy mamá.- grité. Tomé la toalla y me envolví en ella, di un paso fuera de la ducha y un escalofrío me recorrió. Tomé mi neceser y lavé mis dientes, peiné mi cabello y lo recogí en un moño flojo.
Salí corriendo a trompicones y me coloqué el primer pijama que encontré en mi armario. Bajé los escalones de dos en dos y me senté a la mesa entre mis padres. Cenamos como lo hacíamos a diario, charlas sobre temas triviales y bromas repetitivas; luego de comer la cena mamá se levantó de su silla para recoger los platos. Me levanté de un salto para dirigirme a mi habitación; la suerte había estado de mi lado esta vez, así que no debía abusar.
-          ¡Quieta ahí!- dijo mi madre. “Oh por Dios, ¡Oh por Dios!” chillé dentro de mí. Arrugué el gesto y me volteé lentamente.
-          ¿Qué has hecho hoy?- dijo papá. “¡estoy muerta! ¡Ya lo saben!”. Abrí la boca para contestar pero mamá se adelanto.
-          Pie de limón.- dijo mamá con una amplia sonrisa. Abrí los ojos de par en par y bufé aliviada.- ¿Qué pasa Chelse? ¿no quieres?
-          ¡oh! Claro, claro…-dije tumbándome de nuevo sobre la silla. Definitivamente estaba llegando al extremo de la paranoia. Comí en silencio un enorme trozo de pie, mirada de vez en cuando a mis padres que también comían su postre en silencio, de vez en cuando los atrapaba dedicándose largas miradas; aunque suene extraño estaba convencida que también podían comunicarse por ese medio, nunca había podido interpretar lo que decían sus ojos durante esas largas conversaciones sin palabras, sin embargo ellos se entendían a la perfección.
A penas terminé de comer me levanté de un salto y lavé mi plato, salí de allí con la excusa de que estaba cansada debido al instituto y necesitaba dormir, en realidad no mentía, sin embargo el recordar lo que había pasado la noche anterior hacía que un escalofrío recorriese mi espina. Subí a mi habitación cerciorándome de arrastrar los pies y darle pesadez a mis pasos para parecer cansada, cerré la puerta detrás de mí con un golpe seco y me tumbé boca arriba sobre mi cama.
Rodé sobre mí misma para observar la mesita de noche donde reposaba el florero que contenía las dos rosas. Se veían radiantes, estaban completamente abiertas y expedían un aroma exquisito, la cinta carmesí destacaba sobre los finos tallos y se mecía con la suave brisa que entraba por la pequeña abertura que había en mi ventana. Me quedé allí, tumbada sobre mi costado observando aquel par de delicadas flores, cientos de cosas cruzaban mi mente, cientos de imágenes, su sonrisa, su rostro tiernamente sonrojado, su suave roce sobre mi piel, no sé en qué parte de mis pensamientos caí dormida.

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